Movimiento y desarrollo motor

Lo que aprendí cuando dejé de ayudar a Haru a trepar

Niña pequeña usando triángulo Pikler Montessori con rampa para desarrollar equilibrio y movimiento en casa

Haru tuvo su primer acercamiento al triángulo Pikler a los 8 meses. Los primeros días no lo trepó. Lo miró. Lo tocó con la palma abierta. Dio una vuelta alrededor. Se sentó frente a él y lo observó desde lejos.

Yo quería hacer algo. Mostrarle cómo subir. Guiarle las manos hacia los peldaños. Animarla desde arriba. Pero no lo hice. Y tres meses después, a los 11 meses, antes de dar sus primeros pasos sola, trepó hasta el último peldaño por sus propios medios.

El primer día no pasó nada. Y eso era exactamente lo correcto.

No ayudar a trepar al bebé no significa ignorarlo. Significa confiar en que su cuerpo sabe lo que puede sostener, y que el mérito de llegar tiene que ser completamente suyo.

Cuando un niño llega a un material nuevo, lo primero que hace es estudiarlo. No es indecisión ni falta de interés. Es la mente absorbente en acción: absorber el objeto, familiarizarse con su forma, su peso, su textura, antes de decidir qué hacer con él.

Esa etapa de observación es parte del aprendizaje. Y el adulto que interrumpe ese proceso, aunque sea con la mejor intención, lo corta justo cuando más lo necesita.

Haru necesitó semanas para empezar a usar el triángulo de forma activa. Primero se apoyó en los peldaños para ponerse de pie. Luego subió uno. Luego dos. Cada conquista ocurrió cuando su cuerpo estuvo listo para ella, no cuando yo consideré que ya debería estarlo.

Por qué no hay que subir al niño ni animarlo a trepar

Esta es la parte que más cuesta aceptar. Especialmente cuando ves el material ahí y quieres que el niño lo use.

Si un niño no puede trepar solo a una posición, su cuerpo no está listo para estar en esa posición. Es así de simple.

El sistema nervioso sabe lo que puede sostener. Un niño colocado en una postura que no alcanzó por sus propios medios no tiene la información corporal necesaria para mantenerse allí con seguridad. Es el mismo principio que aplica a no sentar antes de que lo haga solo: no se trata de limitarlo sino de respetar la secuencia que su cuerpo ya tiene programada.

Por eso en Montessori y en Pikler nunca se anima al niño a trepar, no se le guían las manos, no se le sube. El mérito de llegar tiene que ser completamente suyo. Porque eso, y solo eso, es lo que construye la confianza real..

Lo que el triángulo desarrolla que no se ve desde fuera

Desde fuera, Haru trepando parecía que estaba jugando. Por dentro, estaba ocurriendo algo mucho más complejo.

Cada vez que planificaba dónde poner el pie, qué mano mover primero, cómo distribuir su peso para no caerse, estaba desarrollando lo que se llama función ejecutiva motriz: la capacidad de anticipar, planificar y ajustar el movimiento en tiempo real. Esa misma capacidad, más adelante, es la que le permite planificar la escritura, resolver problemas o concentrarse en una tarea compleja.

El movimiento libre en el triángulo trabaja en simultáneo:

– Equilibrio y propiocepción: el niño aprende hasta dónde llega su cuerpo y qué espacio ocupa.

– Fuerza en tronco, brazos y piernas: la base de la motricidad fina que vendrá después.

– Coordinación ojo-mano-pie: calcular dónde poner cada extremidad con precisión creciente.

– Gestión del riesgo: aprender a calibrar lo que puede y lo que no, sin que nadie lo decida por él.

– Persistencia: intentarlo, no lograrlo, volver a intentarlo. Ese ciclo construye resiliencia real.

Lo que cambió cuando dejé de intervenir

Confesar esto cuesta: hubo momentos en que contuve el impulso de ayudar y me sentí como una mala mamá. Ver a Haru frustrarse, intentarlo varias veces sin lograrlo, bajarse y alejarse activaba en mí algo muy poderoso.

Pero lo que aprendí durante mi formación como Guía AMI 0-3 es que ese impulso de ayudar, aunque nace del amor, muchas veces roba al niño exactamente lo que más necesita: la experiencia de resolver algo solo.

No es que el adulto no haga nada. El adulto prepara el ambiente, se asegura de que el espacio sea seguro, está presente. Pero no interviene en el proceso. Observa sin dirigir. Confía sin apurar. Eso es lo que Pikler llamaba acompañar el movimiento libre. Y es mucho más difícil que ayudar.

Lo que Haru me enseñó sin decir una sola palabra

Tres meses después de ese primer día en que solo miró el triángulo, Haru llegó al último peldaño sola. Sin que nadie le mostrara cómo. Sin que nadie la animara. Sin que nadie le dijera que ya podía.

Lo supo ella.

Y yo aprendí algo que ningún libro de Montessori puede enseñarte del mismo modo que lo hace verlo en tu propia hija: la confianza en el niño no es una teoría. Es una práctica. Y se practica conteniendo el impulso de ayudar, una y otra vez, hasta que lo que queda es la certeza de que él puede.

Si quieres entender más sobre por qué el movimiento libre es la base de todo el desarrollo en los primeros años, este artículo lo explica con detalle.

¿Has vivido algo parecido con tu hijo? ¿Ese momento en que te contuviste y fue lo mejor que pudiste hacer? Cuéntame en los comentarios


Sobre la autora

Kathe es Guía AMI 0-3 — la certificación más rigurosa del método Montessori a nivel mundial, otorgada por la Association Montessori Internationale fundada por Maria Montessori. Es co-fundadora de Aserrín, marca peruana de materiales y muebles de madera artesanales para niños, diseñados bajo los principios AMI.


Fuentes

– Pikler, E. (1969). Moverse en Libertad (5.ª ed.). Madrid: Narcea.

– Montessori, M. (1982). El descubrimiento del niño (23.ª ed.). México D.F.: Editorial Diana.

– Montessori, M. (1986). La mente absorbente (1.ª ed.). México D.F.: Editorial Diana.

– Valdivieso, Kathe. (2022-2025). Desarrollo del movimiento durante los tres primeros años de vida. Programa de Formación de Guías 0-3, AMI Argentina.